martes, 21 de julio de 2009

Pinceladas sobre los jueces del siglo X.


Siempre me ha llamado la atención que, en los tratados de derecho, no figure referencia a las leyes y sistema judicial árabe. Nuestro derecho, fundamentalmente, está basado primero en el romano y después en el germánico. Parece que se ignora todo lo relativo a lo árabe. Esa es la nata, pero puede que debajo estén los motivos de pertenecer a una religión distinta, y esa mezcla de lo civil y religioso de los pueblos árabes, apartó el derecho de estos, y su influencia del derecho occidental.

Hay que tener en cuenta que el periodo de estancia de Roma en este país fue poco más o menos el mismo que estuvo el pueblo árabe; el de los visigodos fue algo menor. Luego estuvo el cristianismo hasta nuestros días, que aún no ha llegado a contabilizar los ocho siglos de los árabes, aunque midiendo aproximado el tiempo, y basándonos en nuestra ciudad, la permanencia de esta cultura fue de unos quinientos años.

La realidad es que la influencia del mundo árabe en nuestra sociedad es muy grande. Una gran parte de las palabras que se emplean, vienen del periodo califal y posterior; la numeración; los conocimientos médico-quirúrgicos; sistemas agrícolas; arquitectura; la astronomía; etc. etc. y sin embargo en las cuestiones relativas al derecho no. Reitero la posibilidad de de esa mezcla de lo religioso y lo civil.

Un juez del Islam es uncadí, aplicador de la sahria (ley musulmana). Significa cadí juzgar y por otra parte caíd, además de juzgar gobernador de la ciudad.

Debe basar sus sentencias en la ijma (consenso ideal de la comunidad), bajo consejo de los ulemas. De él se espera ejemplo de moral y buen hacer, lo mismo que un amplio conocimiento del derecho y del Corán. Su conducta debía ser ecuánime y sus decisiones firmes.

Durante el emirato, el cadí, era denominado Juez de la Comunidad de Creyentes, siendo reemplazado el título durante el califato por el de Juez de jueces, cambio que no significó en los hechos un mayor rango.

El Islam no reconoce entre ley civil y religiosa, por lo que el Juez podía actuar sobre cualquier materia. Sus sentencias debían basarse en el Libro Sagrado del Corán. Actuaba también como juez de paz y como notario, se pronunciaba en temas diversos de casamientos, separaciones, herencias, testamentos o sucesiones.

Sus actividades de justicia se realizaban públicamente, normalmente en la mezquita, en algún lugar de ella destinado a impartirla. A veces podían hacerlo en sus casas. En la Granada nazarí, los juicios se realizaban en la puerta del recinto, llamada Puerta de la Justicia.

Estaba asistido por dos o tres ulemas que le aconsejaban por escrito, debiendo quedar constancia de sus informes. Los ulemas eran obligatorios. Se sentaban a su lado, un ordenanza citaba a las partes, y un escribano tomaba nota.

Que quede constancia que, el sentido de estas líneas no es hacer de ellas un tratado jurídico, sino dejar constancia de un sentir de una época que nos perteneció, tanto en lo bueno como en lo malo, y en lo anecdótico.

Existen textos del siglo X, que nos permiten conocer, en forma de pequeñas pinceladas, como se impartía la justicia en la Córdoba islámica. Cuenta Al Jusani, en el Libro de los jueces de Córdoba, un caso que define la indulgencia de los jueces en un tema de consumo de alcohol.

La indulgencia de los jueces.

El súbdito Asbash estaba un día en casa del Juez, así como Ben Husn que era secretario del mismo. Llamaron a la puerta y se presentó un almotacén que traía detenido a Yusuf, un habitual bebedor de alcohol, que desafiaba con su hábito a las leyes.

-Sr. Juez, le traigo a Yusuf por bebedor de alcohol, y no es la primera vez.

El Juez dijo a su secretario Ben Huns:

-Huélele el aliento, Ben.

El secretario ordenó a Yusuf que le echara el aliento, lo olió y dijo:

-Sí, si huele a vino.

A la afirmación de su secretario le cambió la cara al Juez, se reflejó en ella la repugnancia y disgusto lógicos por tener que dictar sentencia a aquel desgraciado borrachín, pero se dirigió a Asbagh y le dijo:

-Querido amigo, te ruego lo huelas tú también.

Asbagh hizo la misma operación que Ben Huns y contestó:

-Sr. Juez, efectivamente huele a algo; pero no puedo precisar que sea olor de bebida que produzca borrachera.

El Juez al oír la contestación de su amigo Asbagh le cambió el semblante, brillaron sus ojos de alegría, se atuso la perilla, y rápidamente añadió:

-Que lo pongan en libertad; no está probado plenamente con estricta legalidad y sin duda, que haya cometido esa falta.

¿Qué significaba la actuación judicial? Simplemente que, ante la duda decretó la libertad, el “in dubio pro reo” ¿Pero había duda? No desde luego, pero la contestación de Asbagh le permitió legalmente aplicarla a Yusuf, un borrachín habitual que, de no ser por la delicadeza del amigo del Juez y la flexibilidad de este último, hubiera pasado algunos días en prisión. Eso demostraba la capacidad de indulgencia del Juez ante un infeliz ciudadano.

La ocurrencia de un Juez.

Al Jusani comenta en el tratado citado que, a la hora de impartir justicia había un adul -hombre bueno que solía asistir a la curia para informar como testigo en actos que se sustancian ante el cadí-. Este hombre se llamaba Ben Amar, el cual asistía siempre y permanecía impertérrito, sentado sin moverse, hasta que el juez decretaba finalizada la sesión.

Ben Amar era dueño de una mula, exageradamente flaca, y durante toda la sesión permanencia amarrada a la puerta de la mezquita, royendo el freno; los muchos años de trabajo duro la habían dejado para el arrastre y, la escasa alimentación que recibía, acorde con la que recibía el dueño, la había enflaquecido.

Un día se presentó ante el juez una mujer y se dirigió a éste en lengua romance:

-¡Sr. juez, atiende a ésta tu desdichada!

-Tú no eres mi desdichada –le contestó también el juez en esa misma lengua-, la criatura más desdichada de la creación, que he encontrado yo, es la mula de Ben Omar, que se pasa todo el día royendo el freno a la puerta de la mezquita, porque no tiene otra cosa que roer.

Algunos fanáticos cristianos.

Otro juez, Aslam, comenta el mismo Al Jusani sobre la reacción musulmana frente a los deseos de martirologio de algunos cristianos fanáticos, en el más que citado Libro de los Jueces de Córdoba.

Cierto día se presento a la curia un cristiano pidiendo la muerte para sí. Aslam le reprendió muy severamente diciéndole:

-¡Desdichado! ¿Quién te ha metido en la cabeza que tú mismo pidas tu muerte, sin haber delinquido ni nada?

La necedad, la ignorancia o el fanatismo de algunos cristianos, les hacía sentirse importantes con esa acción, de ser muy meritoria, pero nada de ello se podía citar como ejemplo, tratándose de comparar con la vida de vuestro profeta. El cristiano respondió al Juez:

-¿Pero cree el Juez que yo seré el muerto, si él me mata?

-¿Quién entonces será el muerto? -replicó el Juez.

-Pues una imitación mía que se ha metido en mi cuerpo, ese es el que el Juez matará, en cuanto a mí subiré al cielo.

-Mira –dijo el Juez-, aquél a quién te encomiendas no está aquí, y aquél que pudiera informarte, para que te desengañaras por eso que dices tampoco. Lo tienes delante de ti. Pero yo tengo un medio para poner en evidencia lo que haya de cierto. Y lo podemos certificar tú y yo.

-¿Cuál es ese medio?dijo el cristiano.

El Juez se volvió hacia los sayones o verdugos que allí estaban y le dijo:

-Traed el azote.

Ordenó desnudar al cristiano, e inmediatamente mandó que le azotaran. Cuando el cristiano sintió el dolor de los azotes, se puso a gritar desesperadamente. El Juez le dijo:

-¿En qué espalda están cayendo los azotes?

-¡En mi espalda! -contestó compungido.

-¡Quién está sintiendo el dolor de los azotes! –continuó.

-¡Yo! -gritó el cristiano.

-Pues así mismo ocurriría –dijo el Juez- si cayera en lugar del azote la espada sobre tu cuello ¿Imaginas que podría ocurrir otra cosa distinta?

Y lo dejó ir.

Epílogo.

Estos son, unos modestos apuntes sobre, por un lado la flexibilidad de la justicia en el Califato, la indulgencia (la que yo pido también de los expertos) de los jueces y el fanatismo religioso de algunos ante la cultura del momento. Evidentemente, como en todas partes cuecen habas, "ni son todos los que están, ni están todos los que son", seguro que habría de todo, como en botica.

(Publicada en www.callejadelasflores.org)