domingo, 19 de julio de 2009

FERNANDO MUÑOZ, AGENTE DE CIRCULACIÓN AFICIONADO.


Torre de la Malmuerta
Torre de la Malmuerta

Por razones laborales de José Muñoz Martín, mi padre, la asistencia médica que disponíamos en casa era en el Hospital Militar de Córdoba. De mi padre aprendí muchas historias de la época y las curiosidades de una ciudad-pueblo, como considerábamos a Córdoba. Raro era el barrio donde no vivía un familiar, amigo o conocido.

Ello permitía conocer ampliamente casos y cosas de cada sector de la ciudad. A su vez, ese provincianismo hacía de este lugar, que fue preferido por muchas civilizaciones para sus asentamientos humanos, un lugar entrañable para vivir, excluyendo otras cuestiones opresoras que no merece la pena recordar.

Estanque

Desde la mezquita, hasta el citado Hospital Militar (Fuensantilla), había un recorrido considerable. Prácticamente se cruzaba toda la ciudad de sur a norte, el cardo maximus de la época romana, porque en realidad hasta salir a extramuros por la Puerta de Osario, ese parece ser el trazado de la vía. Casi exacto, desde la calle Céspedes al centro, y luego por Osario hasta el Campo de la Merced, cruzando el comienzo de la Avenida de Canalejas, que así se nombraba en mi casa a la actual de los Tejares, evitando mencionar a quien no deseábamos citar.

El horario de ese recorrido siempre era casi de madrugada, pues el doctor que nos atendía en un semisótano, lóbrego y siniestro para un niño, tenía la consulta a las ocho de la mañana, y la combinación del transporte urbano era difícil, por lo que se empleaba el coche de San Fernando.

Niño fuente del Campo de la Merced
Niños-fuente del Campo de la Merced

Siempre entrábamos por la puerta del jardín cercana a la de Osario, y discurríamos por el paseo central. Lo primero que nos encontrábamos en ese paseo era la alberca, con los niños echando agua por su boca. Pocas veces la vimos llena. Tenía un sabor a siglo XIX que le daba un aire muy romántico, sobre todo en otoño con la caída de la hoja de esos casi centenarios árboles. Siempre pedía a mi padre que me ayudara -sujetándome él-, a tratar de llegar a la boca de los niños fuente, para mojarme la mano con su agua. No siempre lo conseguía. Luego la fuente central, majestuosa, impresionante y nuevamente otra alberca con otros niños-fuente.

Angelote

En ese intervalo me iba preparando - casi siempre me decía lo mismo-, para ver a un joven, que aprovechando que el guardia de circulación no había iniciado su turno aún, ejercía de guardia de circulación aficionado. La circulación rodada en aquel entonces se realizaba por debajo del arco de la Torre de la Malmuerta, y sólo había anchura para circular alternativamente, en un sentido u otro, y a falta de equipo semafórico, en la gradilla debajo del arco, se subía el guardia municipal, o en este caso el guardia aficionado, para regular el escaso tráfico circulante. El lugar permitía ver ambas direcciones. Ahora daba paso a los de Ollerías (se llamaba de otra manera la carretera), después a los del Campo de la Merced.

Esquina Puerta Osario

Nos parábamos un rato y observábamos el juego de señales de brazos del aficionado. Muy en su papel, correctas en su ejecución y que los conductores respetaban como si de un profesional de la circulación se tratase. Mi padre siempre me aclaraba que no era guardia municipal, que era un aficionado. Lógicamente, y como no era la primera explicación, yo ya lo sabía.

Después la mencionada avenida; a la izquierda la fábrica de aceites Carbonell, con su chimenea altísima, una casa antes del Colodro que creo aún está, la casa chalet de Manuel Calero Calerito, Maderas Baldomero Moreno, una taberna parada de autobuses, decía mi padre piratas -a mí se me venían a la cabeza los tebeos del Cachorro y el pirata Morgan en la Isla Tortuga-, pero no, eran autobuses sin licencia.

El garaje
Garaje San Cayetano

El garaje San Cayetano -con las pinturas convencionales de la época, que parecían ser del At. De Madrid o del de Bilbao-, el Parque de Bomberos -con los coches con sirena de campanita-, San Cayetano, cine de verano San Cayetano, almacenes de maderas Manuel Morales, Maderas Hidalgo, Fundiciones Alba, Fundiciones La Actividad de Félix Martínez, un Colegio,

Ollerias desde Fuensantilla y casa de los locos

el jardincito y la casa de los locos -este edificio también daba repelús, por las leyendas que circulaban y por los métodos psiquiátricos de los tiempos-, y para finalizar en el cruce de carreteras de la Fuensantilla, la fuente que siendo aparentemente santa no había todavía alcanzado categoría de honor, y se quedo en santilla y, el Hospital Militar de S. Fernando. Seguro me habré dejado otras industrias. Fin del trayecto de ida y luego la vuelta, pero en el recorrido de retorno, el lugar de D. Fernando estaba ocupado por un agente uniformado.


Fundiciones Alba
Fundiciones Alba

Años después, concretamente el 14 de octubre de 1991 -la certeza de la fecha no es por mi memoria, es por tener una nota con ello-, tuve la oportunidad de comentar esta circunstancia, con un profesional de la policía, el Cabo Mata, era un asunto que no se me había olvidado, a pesar de haber pasado la friolera de treinta y seis años, aproximadamente. El citado cabo, que ya estaba jubilado, tuvo la gentileza de buscarlo y presentarme a ese joven, en esa fecha un respetable Sr. Aquella entrevista me traslado a la época, al agradable y nostálgico sabor de los recuerdos, que seguramente mitificábamos algo.

Malmuerta y el guardia

Me parece recordar que, D. Fernando Muñoz -así se llamaba-, vivía en ese tiempo en la Avenida de la Virgen de las Angustias, y estaba preparándose para acceder al Cuerpo de Policía Municipal, cuestión que no consiguió por problemas de talla. Seguramente como todos los españoles, que en esos tiempos estaban en una media de talla baja, determinada posiblemente por los años de mala alimentación de la posguerra, que seguía pasando factura al pueblo llano.

Fuensantilla inundada

Hoy, he pretendido recabar aquella información, dieciocho años después, para homenajear a D. Fernando Muñoz, recordándolo en esta galería de personajes de esta Córdoba, que merecen la pena recordar y de la que todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestra propia lista. Pero el tiempo me ha impedido hablar con el Cabo Mata, porque ese tiempo asociado a la enfermedad, le está impidiendo hasta conocer a sus propios hijos. La senilidad y el deterioro de su memoria están haciendo estragos en él. Su hijo lo ha intentado varias veces y es imposible mantener con él una conversación coherente. Esto justifica que, antes de que sea absolutamente imposible, hay dejar constancia, aunque sólo sea un simple recuerdo de un hecho o de una persona. Es necesario hacerlo, porque mañana será tarde y el recuerdo se perderá con los miles de recuerdos que andarán vagando por otras dimensiones.

Malmuerta y carro

Por ello mí homenaje a aquél “agente” de circulación aficionado -que no sabemos si aún se encuentra entre nosotros-, que preparándose para su anhelado trabajo, regulaba de la circulación de la época y, quién sabe, si su presencia en la gradilla de la Torre de la Malmuerta en horas que no había agente profesional, contribuyendo con ello a la seguridad de los conductores de antaño, evitó algún mal a los mismos. En la memoria de un niño se quedó grabado este episodio de la ciudad y, gracias a su padre, lo almacenó en un lugar de cierta importancia.

El mejor homenaje a Fernando Muñoz es, que aquellos que lean estas líneas sepan que, hace la friolera de cincuenta y tantos años, un señor sin pedir nada a cambio, pues como he dicho ni siquiera consiguió su objetivo, colaboraba –haciendo bien su trabajo-, con la incipiente circulación rodada y por ende con la ciudad.

Fotografías de la Red
Bibliografía de la memoria del autor