domingo, 19 de julio de 2009

GABRIEL, EL GUARDACOCHES DE LA MEZQUITA



En la época que se inició la apertura del régimen, y empezaron a llegar turistas a España, significó también el inicio de importantes fortunas al margen del nuevo negocio que se avistaba. El turismo. Proliferaron las llamadas tiendas de "souvenir" (recuerdos), o de postales. Se disparó la compra de casa viejas en el entorno de la Mezquita. También la llegada de autobuses de ATESA, la empresa de autotransportes de pasajeros. Todos los viajeros eran mayores, principalmente franceses, o por lo menos para nosotros, los niños, todos eran franceses. Nos llegábamos a preguntar ¿si en Francia no había niños?. Era lo más parecido, a lo que ahora conocemos de los viajes del Inserso españoles, pero de la "Belle France".

En los aledaños de la Mezquita la primera tienda que se instaló fue junto a Maternidad, en la calle de Torrijos. En la puerta paraban los citados autocares y bajaban los viejos y viejas franceses. Casi siempre los capitaneaba un guía de los llamados oficiales, con su placa característica en la chaqueta. Después, como siempre, a cobrar el porcentaje de lo que se habían dejado los turistas en las compras.

Al amparo de lo oficial, también empezaron a surgir los guías extraoficiales, que llamábamos clandestinos que, a manera del que ahora te da una octavilla para un restaurante, ellos llevaban a los extranjeros, a tiendas más pequeñas donde no llegaban esos grandes grupos por estar ya monopolizados antes. Claro a estos intérpretes por señas -pues conocían unas cuantas palabras-, de vez en cuando les era aplicada la famosa "Ley de Vagos y Maleantes". Pasaban por la Comisaría y en ocasiones salían... ya saben. Otros estimábamos tenían acuerdos de confidencialidad con la policía y tenían un plus de inmunidad, pero sin pasarse. Eso era evidente.

Calla Torrijos frente a Puerta de los Deanes
Calle Torrijos frente a la puerta de Deanes

Al hilo de ese negocio también surgió la figura del Guardacoches. En la Mezquita había uno. Vivía en la Casa del Callejón. Una casa de vecinos frente a la antigua entrada de la torre, el llamado postiguillo. Casa que hoy día es, como no podía ser otra cosa, un restaurante, aunque también podía ser tienda de recuerdos. La casa se llamaba así porque su entrada la configuraba un callejón estrecho, con un recodo a la izquierda y, a partir de ahí, se distribuía en patios. Estaba ocupada por mucha vecindad. Nuestro guardacoches se llamaba Gabriel, era soltero tenía un hermano que respondía al nombre de Juan -cuando respondía-, bajito, fuertote. Ambos vivían con su madre, una señora que siempre vestía de negro, bajita. No eran de Córdoba sino de un pueblo cercano, como la mayoría de esa casa.

Gabriel tenía muy mal aspecto físico, no era cuestión de vestimenta, ya que su madre se encargaba de su limpieza, sino de su salud. Había estado un par de años en el sanatorio antituberculoso de Puerta Nueva, y aunque mejor, no estaba del todo curado. Tenía mal color de cara. Habitualmente tenía crisis de largos golpes de tos. Mi madre siempre decía:

-Si tose el Guardacoches procura no estar cerca. -Por el miedo a los contagios, pero los niños ya se sabe.

Y cuando se terciaba y se hablaba en casa de él, nos contaba la anécdota de Gabriel el Guardacoches. Estaba "formalmente" uniformado. Llevaba normalmente una chaqueta en invierno y blusón en verano, que en función de su delgadez, parecía le estaban grandes. Completaba la uniformidad con una gorra de plato, y esto era lo significativo, en el frontal tenía una chapa que decía "Garde Voitures". Nos imaginábamos que decía guardacoches, en francés, como era lógico.
Sir Alexander Fleming
Sir Alexander Fleming
Cierto día de finales de los cuarenta del siglo pasado, allá por el 1949, llegó un Sr. extranjero a visitar la Mezquita, acompañado de otras personas, pocas. El vehículo en el que viajaban estacionó frente a la puerta de los Deanes. Más o menos donde ahora está el Mesón, antigua casa de los Baquerizo. Este Sr. tenía un inconfundible porte de caballero. Frente despejada, facciones algo duras, pero la cálida mirada que tenía, irradiaba confianza y respeto. Tenía el pelo totalmente canoso. Sus modales educados y exquisitos eran los de un perfecto "gentleman" en este caso escocés. Vestía un traje gris, chaleco, camisa blanca y en el cuello llevaba una pajarita. Gabriel, el guardacoches, le abrió la puerta y se descubrió -era un movimiento habitual en él-, en ese momento le dió un golpe de tos. El viajero le preguntó en un inglés perfecto 

-¿Qué le ocurre? 

Pero como el Guardacoches no lo entendía, el interprete le repitió la pregunta, a la que Gabriel respondió explicándoles, a su manera, el proceso de tuberculosis pulmonar que había pasado y que aún no había superado del todo. El viajero sacó de su chaqueta un talonario y le extendió un talón por una determinada cantidad de dinero para adquirir Penicilina. Era Sir Alexander Fleming, el descubridor del antibiótico.

Luego el flamante premio Nóbel, Sir Alexander Fleming, entró en el Patio de los Naranjos, en el que con el más aparente espíritu berlanguiano o provinciano, habían unos niños de colegio agitando unas banderitas de papel. La imagen no podía ser más pobre y ridícula. A la máxima autoridad científica del momento, a un premio Nóbel de Medicina, cuyo descubrimiento había salvado miles de vidas, lo recibían unos niños aleccionados para agitar las banderitas. La educación y compostura de Fleming le hizo saludar al "comité de bienvenida" cariñosamente y entró en la Mezquita.

Aquello fue un acontecimiento en el barrio que se recordó entre los vecinos mucho tiempo, pero... ahora no hay vecinos apenas en ese barrio para recordar. Gabriel dejó su pionero trabajo de Guardacoches, posiblemente sería de los primeros en Córdoba. Y yo le perdí la pista.

Fotografías y dibujo del autor y la Red.

2 comentarios :

Valentin Priego dijo...

Repito lo del libro, aunque sea electrónico Paco. Eres una Cordobapedía andante

Paco Muñoz dijo...

Valentín es preguntar mucho, algo de DNI, niño precoz, en ambientes de mayores, y un poco de memoria y la pena es no haber tenido una grabadora en momentos claves. Muchas gracias de todos modos.