domingo, 19 de julio de 2009

RAFAEL CARRERAS, EL BARBERO DE LA MEZQUITA.


El Maestro Carreras en la barbería de la Espartería 1908.
El Maestro Carreras en la barbería de la Espartería. 1908

Rafael Carreras Bellerín, nació en la calle Montero, 20, allá por el último tercio del siglo XIX, concretamente en 1880. En ese mismo año nacieron también Machaquito y Lagartijo el Chico, dos grandes toreros cordobeses a posteriori. Antonia Carreras fue su madre. Fue el primero de siete hermanos, el último nació en 1900. La fertilidad de Doña Antonia, quedaba de manifiesto con esos siete vástagos.

A finales del siglo XIX aprendió el oficio de barbero. Ahora se llaman peluqueros, por el desplazamiento que la profesión ha sufrido hacia el cuidado del pelo, siendo antes lo más importante el afeitado.
El Maestro sentado en el suelo en el centro.
El Maestro sentado en el suelo en el centro.

Por esa costumbre cordobesa de los peroles, en uno de los muchos que hacían, cuando tocó la celebración en el cortijo que existía en el antiguo Valle de S. Benito, el que fue propiedad del Marqués de Cabriñana y heredó su nombre, conoció a Antonia Jurado, natural de Villaviciosa, que antes fue vecina de Santa María de Trassierra, y que en esa fecha vivía en el cortijo con sus padres, ya que su progenitor Acisclo, era el “aperaor” o encargado del mismo. Estamos en principio del siglo XX. El noviazgo duró muy poco y se casaron, yéndose a vivir a la ciudad, a la callejita de Especieros, una que existe sin salida en la calle Carreteras.

Calleja Especieros
Calleja Especieros


Los profesionales de la época tenían un dominio extraordinario de esos peligrosos artilugios de corte, que eran las navajas barberas, y las manejaban con una maestría asombrosa, suavizando el filo con mucha habilidad, con un notable juego de muñeca. Ejemplo de manejo de la herramienta, eran los perfectos círculos de la tonsura de sacerdotes y canónigos, que el Maestro Carreras hacía como si hubiese puesto una moneda en la cabeza para fijar la redondez de la misma.

El citado cortijo de Cabriñana también conoció antaño a D. Francisco de Góngora, a Fray Luís de Granada, y como no a D. Luís de Argote y Góngora, que después fue D. Luís de Góngora y Argote -cuando a instancias de su tío se cambio el orden de los apellidos-, y bastantes años antes después, en los años que nos ocupan, a Julio Romero de Torres, que lo frecuentaba por su amistad con el propietario de entonces, D. Agustín Pareja y Salinas. Antonia Jurado la novia del Maestro Carreras, fue modelo del pintor en el cuadro del mismo titulado “Las aceituneras”, y ambientado en el Cortijo de Cabriñana, pero esto es otra historia.
El Maestro Carreras, creo su primer establecimiento de barbería en la Espartería (fotografía de la cabecera), en 1908 para ser más exactos. Para no restar méritos a su “cordobesismo” natural, el cante, la guitarra y la cotidiana juerga, formaban parte del acervo “cultural” que lo rodeaba. Contaba Rafael Moyano -último propietario de la Taberna de la Mezquita, la de los boquerones en vinagre-, que el Maestro Carreras era quizás, junto con otros de su mismo estilo, quién más veces habían hecho el camino de Sevilla, primero en coche de caballos y luego en vehículos a motor, siempre de juerga. Se daba la curiosa circunstancia de estar arreglando a un cliente, tenerle enjabonada la cara, y llegar uno de sus amigos a la puerta del establecimiento, el bien situado Sr. Morita –creo que participó en la construcción del edificio de Telefónica-, y decirle:

–Maestro nos vamos, que nos están esperando en Sevilla. -y el Maestro, sin pensarlo ni un solo momento, dejaba el cliente en manos del segundo espada, aún enjabonado, a medio afeitar, se quitaba la bata y al coche, mientras el cliente le vociferaba con las mejillas llenas de espuma:

-Pero Maestro, ¿me va a dejar así?

–No te preocupes ahora mismo vuelvo. -le contestaba desde la calle.

Normalmente la vuelta se sucedía a los dos o tres días. Algunos testigos gráficos son las fotografías de días de perol, donde no faltaban los cantaores y guitarristas del momento. Luego estaba el recogimiento que en Semana Santa hacían “religiosamente” los susodichos en determinados lugares de “oración y penitencia”.

Se da la circunstancia que el Maestro Carreras tenía un indiscutible paladar para cantar las Soleares de Córdoba. Corrobora lo dicho una crónica que publicó, un conocido escritor que decía:

“¿Dónde se canta mejor en Casa Camilo en la calle Morería, o en la taberna de Manuel Criado en la Mezquita, donde se pueden escuchar unas soleares de Córdoba cantadas por el Maestro Carreras, barbero de la Mezquita"

Una foto de salón de Rafael Carreras.
Una foto de salón de Rafael Carreras.

La taberna de Manuel Criado fue la que posteriormente se llamó Taberna de la Mezquita, que se cita con anterioridad, regentada primero por Rafael Moyano sobrino de Manuel, que fue el que cerró, con su fallecimiento hace pocos años, esa saga familiar de tres generaciones de taberneros. En esa taberna había un vino que se llamaba "Noe", bautizado así honor del escritor Eugenio Noel, que la frecuentaba en sus habituales viajes a Córdoba. También en un rincón de su patio, formado por las esquinas de sus dos puertas a la calle, existía un curioso texto, que decía:

“Si doy pierdo la ganancia de hoy, si fío carezco de lo que es mío, si presto al pagar ponen mal gesto, para evitar todo esto, ni doy, ni fío, ni presto”

El Maestro Carreras, también cantaba saetas. Participó en el Primer Concurso de Saetas que se celebró en Córdoba, en Santa Marina. Se instaló un escenario pegado a la pared del Convento de Santa Isabel, frente a la fachada principal del citado templo y allí tuvo lugar ese certamen.

En las barberías se hablaba de lo divino y lo humano. El maestro barbero, que había dejado de ser sangrador, sacamuelas, y cirujano menor hacía tiempo, era como una enciclopedia. Eran los barberos pozos de sabiduría popular por el aprendizaje que recibían de las variadas fuentes de los clientes, de todos los estratos, ideologías y credos. Eran los lugares donde se comentaba lo que acaecía en la ciudad, y de lectura de la prensa escrita. Era el lugar por excelencia de la tertulia cotidiana de los barrios.

Daba un cierto repelús cuando se veía deslizar la navaja por el cuello, y era inevitable recordar hechos de celebres barberos, como por ejemplo el de la calle S. Pablo. También mucho menos trágico, y de ficción, está su más famoso colega; Fígaro, “il Barbieri” de Sevilla, de Rossini.

Por los años veinte del siglo pasado, cuando nació su último hijo, Fernando -que heredo el oficio y el negocio años más tarde-, la familia vivía en la calle Judería. Después se mudaron a la de Medina y Corella, donde a la vez el Maestro Carreras ejerció de casero de la casa de vecinos, del rincón de la plazuela que tiene esa vía. Finalmente se trasladó con su familia a la calle Cardenal Herrero, 32, donde tenía instalada la barbería. Tenía otros cuatro hijos; Antonia, Rafaela, Rafael y Dolores.

En su periodo de casero de la casa de vecinos de Medina y Corella, sucedió el fallecimiento de un vecino de la misma, que confirmaba la regla de “no tener ni donde caerse muerto”. El Maestro haciendo gala de su amistad con el Deán del Cabildo, Sr. Padilla, se dirigió a éste tratando de interceder por el vecino y que la Beneficencia se hiciese cargo de los costos del entierro. El Deán, con el acento sacerdotal característico -cuya similitud en el oficio, hacía pensar que el profesor de oratoria, por el parecido deje de todos, fue el mismo para toda la diócesis-, y con la firmeza habitual de quien es conocedor de su poder, le dijo:

-¡Maestro Carreras, cuando pida, pida para usted, porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo! –y se quedó tan pancho.

A pesar de todo colaboró la Beneficencia en el entierro del infeliz. Infeliz no por cumplir con el inexorable y lógico destino de los vivos, sino por la soledad personal y económica que tenía en ese momento.

Fue el Maestro Carreras barbero circunstancial de los obispos Ramón Guillaumet y Coma, y de Adolfo Pérez Muñoz, y como no, de canónigos y sacerdotes, en suma del Cabildo. En aquellos entonces el barbero asistía a domicilio a los clientes ilustres. A pesar de ser más joven que él dieciocho años, cultivó una amistad hasta su muerte con el torero Rafael Guerra Bejarano “Guerrita”. En los años en los que nos estamos moviendo, Córdoba era una ciudad algo más provinciana que en nuestros días, poco, todos sus habitantes se conocían prácticamente, y mucho más aquellos que practicaban algún arte, incluyendo el cante, el toque y la juerga preferentemente.

En el año cincuenta del siglo XX, con la edad de setenta años, falleció el “Maestro Carreras, el barbero de la Mezquita”.

El corolario de la vida del Maestro Carreras, barbero de la Mezquita fue… ¿quién me quita lo “bailao”?
(Publicado también en la callejadela flores.org)