viernes, 20 de noviembre de 2009

ASESINATO DE “LA TIZNÁ” Y SU AMANTE, EN LA POSADA VENCESGUERRA.



Antonio Santos Alcaide era un verdadero “prenda”, tenía multitud de antecedentes por agresiones y robos de toda índole. Mantenía relaciones con Josefa Torralbo “La Tizná”, prostituta
habitual, cuyo apodo parece ser que le venía por un “antojo” que tenía en forma de mancha. La pareja vivió primero en la calle de la Carne, y luego en la de Mucho Trigo, 25. El individuo era el clásico chulo, que en el fondo la explotaba ejerciendo ella el oficio más antiguo del mundo. En el año 1911 tenían un capital de doce duros (sesenta de las antiguas pesetas).

En su círculo de “honorables” amistades, tenían una que era José Antonio Soto Molina “El Luquilla”, que tenía mucho ascendente con Josefa. Tantas veces fue el cántaro a la fuente… que un día decidieron huir juntos. Josefa se llevó todo el capital y sus cosas y se marchó con José Antonio. Antonio Santos cuando llegó a la casa y se enteró de lo ocurrido por la vecindad, montó en cólera y juró acabar con ella. Lo que le dolía según dijo, no era el amancebamiento de su amigo con su compañera, sino el robo, pues comentó que a él no le robaba nadie. La pareja estuvo viviendo en Villaviciosa, lejos de la capital. Pasado un tiempo tuvieron que hacer una gestión en Córdoba y volvieron, se hospedaron en la Posada Vencesguerra, que estaba en la actual calle Lineros (antigua Emilio Castelar), se inscribieron con nombres falsos, en el ánimo de protegerse, pero habían sido vistos por Manolito “Corrientes”, amigo de Santos, el cual se lo comentó, aunque no podía precisar donde estaban alojados.

A Antonio Santos, aquello le hizo peregrinar por diversas tabernas preguntando por ellos. En su búsqueda, con una media borrachera ya, llegó a la citada posada de Vencesguerra y preguntó por la pareja al portero, éste no tuvo ocasión de contestarle, en ese mismo momento sonó un golpe de tos y una voz en la planta alta, que Santos reconoció como de su amigo “El Luquilla”. Subió a grandes zancadas la escalera y derribó la puerta de la habitación, entrando en ella donde los encontró encamados. Sin pensarlo dos veces disparó cuatro veces un revólver casi a quemarropa. José Antonio “El Luquilla” recibió un impacto de bala en el cuello que le seccionó la médula, muriendo en el acto. Josefa en este primer envite tuvo suerte, un disparó le penetro en el pulmón por el pecho. Posiblemente se hubiese salvado de esta herida, pero Santos sacando una navaja de muelles, la apuñaló varias veces en el abdomen, heridas que le causaron la muerte. Los otros dos disparos no hicieron blanco. Los cuerpos fueron trasladados para su autopsia al cementerio de la Salud.

El criminal salió corriendo, por la calle Consolación buscando la Ribera, la que recorrió para por la puerta del Puente entrar en la calle Torrijos, no sin antes haber arrojado la navaja y el revólver al río. Luego entró en la casa número 2, de Medina y Corella, donde trabajaba su madre de criada, en el ánimo de pedirle dinero y marcharse de la ciudad. El propietario de la casa donde trabajaba su madre le aconsejó que se entregara, cosa que no fue necesaria porque en ese momento dos municipales que lo habían seguido lo detuvieron.

En la obra “El Bandolerismo Andaluz”, de B. Quirós, conocido criminalista, se refleja la descripción de la asesinada, por el citado autor, de una forma barroca y floreada, si cabe hablar de flores en esto: “…sobre la mesa de disección del depósito, el montón de carne lasciva de la pecadora, en plena inercia, muestra bajo el seno izquierdo una gran herida abierta de donde la sangre, seca en sus fuentes, se coagula en una madeja de hilos tortuosos adaptados al moldeado de los músculos…”. Vamos que D. Constancio Bernaldo Quirós se quedó descansando, porque el esfuerzo considerable que le supuso la descripción seguro lo cansó en extremo.

A finales de marzo de 1913 fue juzgado Antonio Santos Alcaide, por el Magistrado Sr. Summers, actuando en nombre del Ministerio Público el fiscal Sr. Restituto Fernández y como abogado defensor D. Antonio de la Iglesia. El fallo (profesionalmente descrito por los Sres. D. José Cruz y D. Antonio Puebla, coautores de la “Crónica Negra en Córdoba”) fue de dos cadenas perpetuas.

Le defensa entendió que lo acaecido era constitutivo de dos delitos de homicidio, con la eximente de enajenación mental transitoria por el alto grado de embriaguez que tenía el autor de los hechos, por lo que solicitó la absolución. Además se dio la curiosidad que había realizado una pregunta que figura en el sumario, y que convertía a los agredidos en agresores. La pregunta, más o menos fue: ¿Es culpable José Antonio Santos de haber mantenido en sus manos el revólver y la navaja con la que le amenazaron los fallecidos, después de habérselos quitado y usado en su contra? Aquello no se mantenía en absoluto por lo que no fue tenido en cuenta. Sí sin embargo lo fue la atenuante de embriaguez, cuestión que obligó al fiscal a modificar la pena de muerte solicitada, por la de dos de cadena perpetua.

En conclusión fue un hecho que conmocionó a la Córdoba de la segunda década del siglo XX, cuando Antonio Santos Alcaide, de treinta y siete años de edad, fue condenado a dos penas de cadena perpetua, por asesinato. Y que por culpa del tabaco y uno de sus síntomas principales, la tos, llevó al otro barrio a José Antonio Soto “El Luquilla” y por extensión a Josefa Torralbo "La Tizná”, que yacía con él en una habitación del primer piso de la posada Vencesguerra.