domingo, 26 de diciembre de 2010

LA CASA DEL DUENDE

Martín, el Duende.

De entre las muchas leyendas sobre nuestra ciudad, hay una bastante atractiva, de la que se ha escrito mucho. La fuente principal de ella está en el Libro Paseos por Córdoba de D. Teodomiro Ramírez de Arellano. Concretamente la cita en el Paseo 4º, referido al Barrio de San Andrés, titulado La Leyenda del Duende. Para orientarnos, leemos antes otra, ésta referida a la calle Mancera y en un párrafo al final dice:

“En la acera de enfrente y formando rincón, está la casa número 55, conocida por la del Duende, cuya tradición contaremos. Después hallamos una casa de fachada antigua y fea, que es una de las muchas almonas o fábricas de jabón que hubo en aquella calle y le dieron nombre; hoy le dicen la Almona de Paso, porque atravesando el patio se sale por otra puerta a una calleja llamada como ella y de allí a la calle del Huerto de San Andrés. Es una de las varias casas que aún quedan en Córdoba con aquella incómoda servidumbre.”

Plano de 1851 donde marcamos supuestamente la casa del duende.

Partiendo del párrafo citado, buscamos en los planos que disponemos, cuando la llamada Almona de Paso era solamente eso, una casa de paso, y ambas callejas Pintor Bermejo y Torre de S. Andrés no tenían aún salida a Gutiérrez de los Ríos -antigua Almonas, que es el nombre, por el que se conoce la calle por la mayoría de los cordobeses-, tratando de ubicar el lugar exacto de la Casa del Duende.

Cita la leyenda que el Duende que se llamó Martín –casi todos los duendes se llamaban así, de ahí supongo el llamarles colectivamente martinicos- tenía el título de duende, otorgado por la Divina Providencia por haber abofeteado a su padre, imaginamos que antes lo pasaría a mejor vida, no creemos que pasará directamente a duende, lo cierto es que no especifica la leyenda como sucedió el traslado. Luego se enamoró de la señora “hermosa y rica” porque era duende no tonto, –nunca en las leyendas, salvo en la de Blancanieves, con la bruja, y así así-, son las señoras feas y pobres-, a la que envidiaba su hermano, porque el padre de ambos la había tratado mejor en la herencia, y claro, que mejor manera de que pasara a la suya su parte, que quitar de enmedio a la hermana.

Vista aérea de la supuesta casa del duende (Google)

El enamoradizo duende que no dejaba de dar la vara a la señora, a la que le asqueaba por lo feo y bajito que era, decidió irse de la casa a otra por la Judería, cerca del colegio San Roque (¿?), ya que estaba hasta el c… de él. Martín, el duende, le dijo varias veces que no lo hiciera por lo que le pudiera ocurrir, que mientras viviera allí no le pasaría nada, porque él estaría atento a los manejos de su hermano, como había hecho alguna vez. Pero era superior el rechazo por el pequeño y feo Martín, que se mudó al fin,  y mira por donde el hermano le buscó las vueltas y, en la esquina de la Judería -donde estaba la Jeringuería de Juana-, la mató al amanecer de un día de Nochebuena del siglo XVI -que mala leche, hasta el día de Nochebuena-, cuando iba a los maitines a la Catedral. Como iba embozado nadie supo quien la mató y después se hizo cargo de su herencia.

¿Y qué ocurrió después? pues que el asesino se fue a vivir a la casa de la calle Almonas y una vez allí y pasados unos años, se encargó Martín de quitar de en medio al hermano –esperó varios años, no pudo hacerlo en cuanto apreció por la casa, es que los duendes no tienen prisa, por ser eternos posiblemente-, La casa estuvo varios sin días sin movimiento, lo que alertó a una vecina que estaba siempre pendiente de quien entraba o salía -la clásica vecina de todas las comunidades-. Cuando se abrió la casa, por la autoridad, -competente, por supuesto-, lo primero que vieron fue al duende Martín que les dijo:

"Podéis dar sepultura en sagrado a este cadáver, porque no ha sido él quien ha puesto fin a su vida; lo ha hecho la Divina Providencia en castigo de ser el asesino de su hermana, y ya que la justicia de la tierra dejó impune su delito, la del cielo ha querido castigarlo por mi conducto".

El duende estricto cumplidor de la normativa cristiana, que a los suicidas obligaba a enterrar en lugar distinto, no sagrado, no así por el contrario a los asesinos que, cosa curiosa, eran enterrados donde los demás. Era sólo una discriminación parece con los que decidían quitarse la vida, porque claro se lo encontraron colgado de una viga por una cuerda. Aunque no fue suicidio si no un crimen de la Divina. Y una vez dicho esto, Martín desapareció totalmente y para siempre, porque se supone que la acción buena lo retiro de duende –la buena acción había sido un asesinato-, claro la Divina Providencia, que era la que valoraba las acciones, le dio entonces el finiquito, por ser la que lo había contratado.

Plano catastral actual, creemos que la casa es la número 39.

Fotos del autor menos de la del Duende que la ha facilitado la Divina Provicencia y otra de Google.
Bibliografía: Paseos por Córdoba de T. Ramírez de Arellano.


(Texto completo de La Leyenda del Duende)


"Los ancianos de aquellos alrededores, en su sencilla y entonces muy común credulidad, contaban que en el siglo XVI moraba en esta casa una señora muy hermosa y rica, a quien un hermano tenía gran envidia por haber sido mejorada en el testamento de sus padres. Quiso primero convencerla a que las particiones fuesen iguales, y no consiguiéndolo, concibió el criminal propósito de asesinarla con el mayor sigilo y heredar él todo, ya que no le daba la parte apetecida.

A la vez había en la casa un duende, ser humano condenado por la Providencia a vivir penando mientras el mundo exista, por el inaudito crimen de haber abofeteado al autor de sus días, anciano indefenso, que en su educación había invertido gran parte de su fortuna. Este duende, llamado Martín -nombre obligado de todos los de su gremio-, se enamoró hasta el delirio de aquella dama, la que no podía menos de sentir repugnancia al ver tan espantosa figura, pues además de medir poco más de media vara eran todas sus facciones tan exageradas, que infundía espanto a los pocos que llegaron a verlo; mas así y todo, evitó siempre que el hermano consumase sus criminales intentos.

Por otro lado, la señora, no queriendo sufrir las persecuciones de Martín, buscó casa para mudarse y arrendar la suya. Súpolo él y, presentándose, le rogó no lo abandonara, ya que no podía seguirla. La enteró del peligro que la amenazaba, le ponderó lo mucho que la había servido y todo fue inútil. A los pocos días la hermosa joven vivía ya con su doncella cerca del colegio de San Roque, quedando cerrada la casa, que nadie quería por temor al duende, que gozaba de gran fama en todos aquellos alrededores.

Llegó la Nochebuena, y la señora fue a los maitines a la Catedral, donde la vio el hermano, que saliéndose la esperó en la esquina de la Judería, en la que al pasar le dio tal puñalada en el corazón que la dejó muerta, sin que nadie se apercibiese de ser el autor de tan horrendo crimen. Presentose después, fingiendo el más sincero quebranto, y todo quedó en el silencio, y dueño él de todos los bienes que aquélla poseía.

Pasaron dos o tres años, y considerando que la casa de la calle de Almonas nada le rentaba por la fama del duende, en quien él no creía, determinó habitarla, mudándose a ella tan tranquilo, porque ni el menor ruido turbaba su aparente sosiego. Una noche despertó muy fatigoso, se echó mano al cuello, sintió una soga e iba a arrojarse al sucio para encender luz cuando tiraron de él, y sin poderse valer, se encontró colgado de una viga, pagando bien pronto el crimen cometido.

Aquel día y los dos o tres siguientes permaneció la casa cerrada, y extrañándolo los vecinos dieron parte al corregidor, quien hizo hundir la puerta, y encontraron el cadáver colgado de una viga, llamando aún más la atención de todos un hombrecillo de horrible aspecto que, dirigiéndose a la autoridad, le dijo con voz bronca y descompuesta: "Podéis dar sepultura en sagrado a este cadáver, porque no ha sido él quien ha puesto fin a su vida; lo ha hecho la Divina Providencia en castigo de ser el asesino de su hermana, y ya que la justicia de la tierra dejó impune su delito, la del cielo ha querido castigarlo por mi conducto". Al mismo tiempo desapareció, dejando a todos sorprendidos y logrando que la fama de este suceso llegue hasta nosotros, que por cierto no le damos el crédito que nuestros antepasados.”