domingo, 12 de octubre de 2014

HISTORIA DE CÓMO SALVÓ DE LA HORCA, D. ENRIQUE DE GUZMÁN A SU AHIJADO JUAN DE LUCENA

Entrada al callejón de la puerta del Evangelio por calle S. Pablo

Después de leer con dificultad, el manuscrito "Historia de Córdoba: desde los tiempos más remotos hasta nuestros días",  Volumen 17, de Luis Maraver y Alfaro (1814-1886), que fue médico y Cronista de la Ciudad, y conservador del Museo Arqueológico, y excavó cerca del Cerro de la Cruz en Almedinilla, también impulsor de "El Cencerro" periódico satírico cordobés, me llamó la atención una historia, curiosa de como el poder utiliza éste y el dinero, para saltarse la justicia. Luego descubierto, utiliza la influencia ante el Rey para que este la perdone.

La cancela por dentro (Esta cancela creo procede del monasterio de los Mártires)

Esto no es nuevo y los estamos viendo en nuestros días continuamente, entra en la cárcel sin remisión, el pobre que roba para comer, y no lo hace el poderoso. Por lo tanto no varía nada, bueno sí, sólo las fechas de la leyenda, pues no se puede catalogar de otra manera, por la dificultad de encajar a los personajes en su tiempo. Tengo la impresión de que esa Historia de Córdoba contiene todas las imprecisiones posibles. Sus páginas están repletas de leyendas que, algunas, puede que tengan alguna referencia, mínima, con la realidad, pero he comprobado que la cronología no coincide a veces con los personajes

Rosetón de la capilla al callejón

Dice la leyenda:

"En 1574, siendo Corregidor de Córdoba D. Juan Suarez Carvajal, cometió un vecino de esta ciudad un delito que debía ser castigado con la pena capital, y así efectivamente fue la sentencia. Unos de los Caballeros mas distinguidos que a la sazón había en Córdoba era D. Enrique de Guzmán, que, sobre ser padrino del delincuente, lo quería mucho. Así es que durante la actuación en el proceso hizo cuanto le fue posible para librarlo de la última pena: pero todas sus gestiones fueron insuficientes y el fallo de los tribunales fue adverso a su protegido. 

Portada de la capilla, nada más entrar a la izquierda de la puerta del Evangelio

Otro en su lugar hubiera abandonado tan desesperado asunto, máxime cuando había hecho cuanto le había sido posible porque no llegara a tal estado: pero D. Enrique no era hombre que se amilanaba fácilmente, y más le gustaba luchar, cuantos mayores eran los obstáculos que tenía que vencer. Apeló a Granada el fallo del tribunal ordinario; pero aquel confirmó la sentencia del inferior, y el reo por lo tanto fue conducido a la Capilla. 

Situación de la alfombra tapándolo todo, el día de antes eran las bancas

Viendo que el negocio no daba treguas, y que era necesario no perder momento, esperó con impaciencia la noche y embozado en una larga capa y con el sombrero echado sobre las cejas se salió de su casa, y corrió gran parte de la Ciudad retirándose cada vez más del centro. Al fin llegó a un callejón tan estrecho como oscuro, y llamando con ciertas precauciones a una pequeña puerta que había al final de él, se abrió un postiguillo y asomó por él la cabeza de un hombre de mal aspecto: se cruzaron algunas palabras en secreto, y la puertecilla se abrió, dando paso al noble caballero que la cerro tras si guardandose la llave en el volsillo. 

La susodicha lápida

El dueño de la casa condujo al forastero a una reducida habitación mal alumbrada por un mugriento candil, en la cual tomó asiento el recien llegado quedando el otro de pie y a cierta respetuosa distancia. Era este el berdugo, y sobre la mesa al lado de la cual se había sentado el Caballero se veían hachas, garfios, cordeles y todos los demas instrumentos necesarios al tormento y a tan repugnante oficio. Refirió D. Enrique en breves palabras el apuro en que se encontraba y ofreció al ejecutor de la justicia una brillante recompensa si arbitriába algun medio para sacar á salbo a su ahijado. 

La imagen titular en situación del besamanos

El berdugo se resistió en un principio tenazmente á hacer una cosa que consideraba fuera de lo posible; pero instado de nuevo por el Caballero y alagado con las reiteradas y seductoras promesas que le hizo le dijo que si tenía él proporción de que se tostasen en un horno unos cordeles el respondería de lo demás. Aprobó D. Enrique el pensamiento y tomando bajo la capa con cierta repugnancia unos de los que había sobre la mesa salió de la casa. Demás está decir que la operación del tostado que do hecha aquella misma noche y otra vez los cordeles en poder de su dueño. 

Arriba el hueco del camarin

Llegada la hora de la expiación sacaron al reo que subió con mucho abatimiento la escalera y se preparó á exalar el último suspiro. El Berdugo le hechó el lazo al cuello del reo, y lanzandose con él dieron los dos en tierra rotos los cordeles como se esperaba. D. Enrique tenía apostada mucha gente al pie de la escalera y ganada ademas á la hermandad de la Misericordia, arrojándose todos sobre el reo, lanzaron el grito de perdón, perdón, que fue repetido por miles de personas que presenciában la ejecución. En medio de aquel alboroto y confusión la hermandad y las gentes de D. Enrique habían puesto a su ahijado en lugar seguro antes que la justicia pudiese echarle mano. 

Bóveda de la capilla de la Virgen del Rosario

Se puso preso en el acto al Berdugo, que se mantubo por mucho tiempo inconfeso, hasta que obligado al fín lo declaró todo. En su consecuencia se le confiscaron los bienes al hornero, que con anticipación había huido. D. Enrique satisfecho de que su ahijado estaba bien guardado, y despues de dar todas las disposiciones necesarias paar que nada faltase ni al hornero, ní al Berdugo, salió para la Corte, donde se echó a los pies de Felipe II confesandole cuanto había hecho y pidiéndole clemencia para él y sus protegidos. 

Portillo a la izquierda, similar al de la derecha que es el de la Sacristiía

El Rey le reprendió severamente su atrebimiento; pero teniendo presente la clase de sugeto que tenái a sus pies, y los eminentes servicios de sus mayores, le concedió la gracia que solicitaba. D. Enrique regresó en posta á Córdoba; presentó á la autoridad la orden que traía, y sacó de la carcel al Berdugo y al hornero y de su escondite al ahijado. Al hornero le duplicó los bienes que por serbirlo había expuesto; al Berdugo le dió bastante para que abandonara su oficio y se marchase á acabar con tranquilidad sus días á otro pais, donde no fuese conocido: y al ahijado lo trajo a su casa, donde le entregó el manejo de todo su caudal, consiguiendo hacer de él un ciudadano honrado y buen padre de familia. El reo era D. Juan de Lucena, que había hecho una muerte (veanse 1572 y 1613)"

Puerta de subida al camarín, izquierda

Traté de encontrar a los personajes. Del Corregidor no había duda, y de Felipe II tampoco. Entonces di de casualidad, con un Enrique de Guzmán que está enterrado en la Capilla de la Virgen del Rosario de la iglesia de San Pablo. Por lo tanto voy a tratar de referir lo que he podido averiguar de este señor. Para ello voy a hacer un pequeño recorrido por San Pablo y la capilla citada. Antes de nada decir que, gracias a un miembro de la Hermandad de la Expiración y la Virgen del Rosario, que tenían un besamanos de la titular, y que me levanto la alfombra, he podido fotografiar la lápida de D. Enrique. Vaya por tanto por delante mi agradecimiento a la amabilidad con que me han tratado. No así el día de antes, que una señora me apagó las luces y me dejó encerrado en la capilla.

Puerta de la sacristía, hueco de la derecha, y de subida al camarín.

Sobre San Pablo

Una vez conquistaron al ciudad las tropas castellanas cristianas, el rey Fernando III donó a los dominicos, que venían con sus huestes terrenos en lo que entonces era la Axerquía árabe. Este privilegio se ratificó en 1241 "Os doy y concedo en Córdoba aquel lugar, con sus pertenencias donde está el monasterio con todo lo que los frailes tuvieron por donación mía y con la tercera parte del agua que corre al pie del muro y cerca de la barbacana entre la cerquía y la almedina..." .

Una enorme extensión de terreno, donde se construyó un gran edificio, con huerta que se llamó Almesa. Así como el privilegio de agua también regalada por el rey. La construcción del templo terminó en el siglo XV. El principios del XIX, se convirtió en cuartel todo salvo la iglesia. En el 1848, ante la ruina del convento se decretó el derribo. En la reparación de principios del siglo XX se eliminó toda la referencia barroca del siglo XVII. Desde principios del siglo XX son los responsables del templo los padres claretianos. Tiene San Pablo dos puertas, la principal por la calle Capitulares, una vez se pasa la del compás, y la del Evangelio, a la que se accede por una cancela, y un callejón desde la calle San Pablo. La puerta de la Epístola no existe, porque da acceso a una capilla. 

Puerta derecha de subida al camarin

La capilla más importante es la de la Virgen del Rosario que contiene la capilla octogonal, y detrás el camarín al que se accede por dos puertas laterales y sendas escaleras. A la derecha de la Capilla esta la puerta de acceso a la Sacristía. Se construye en el siglo XV y se reforma en el siglo XVIII, su construcción fue a expensas de Doña Leonor López de Córdoba, que fue dama muy cercana a Catalina la esposa de Enrique de Trastámara, en memoria de su padre D. Martín López, maestre de Calatrava, cuya sepultura figura en el centro de la sala. 

Situación de las tumbas y textos de ellas

A la derecha de esta, está la del Sr. D. Lope de Aguilar, y a la izquierda la de: 

"D. Enrique de Guzmán, señor de la torre de Palencia, como descendiente de Doña Leonor López de Córdoba y de D. Juan Alonso de Guzmán, el póstumo hijo del primer conde de Niebla", 

este supongo es el que nos ocupa, pero no he encontrado la fecha de su fallecimiento. Ni tenemos garantías de que sea el que cita la leyenda del siglo XV, 1574, reflejada más arriba. 

En cuanto a la relación con Felipe II, hay un tal Alonso Pérez de Guzmán, que se casó con una jovencita, Ana Gómez de Mendoza, (la habían prometido con cuatro años) hija de los Príncipes de Éboli y que, cuando tenía 10 años el Papa le concedió una dispensa para consumar el matrimonio. El interés que mostraba el monarca por la familia, especialmente por la duquesa, posiblemente era por los comentarios de la época que lo relacionaban con la cama de la princesa de Éboli.

Cúpula del camarín (Foto de Artencórdoba.com)

Luego está ese personaje al que salvó de la horca, Juan de Lucena. Hay un Juan de Lucena que cita Juan Rufo como jurado de Córdoba. Y otro que fue humanista. Raro parece, pasar de ser casi ajusticiado a Jurado, pero otras cosas hay más lejos. Por lo tanto debo estimar la dificultad en poder confirmar lo escrito. Si es cierto que el corregidor era D. Juan Suarez Carvajal, por esos años, cuatro después que Felipe II trajera la corte a Córdoba, y cuando se construyó en referencia a ello, la media puerta de puente.

Como conclusión creo, después de esta pequeña investigación, que el manuscrito de la Historia de Córdoba del Cronista Maraver, tiene más imprecisiones que verdades, sin desmerecer su trabajo pero que entra más de lleno en lo novelesco que en lo histórico, sin dudar que algunso de los personajes son reales.  

Plano de planta de la Capilla de la Virgen del Rosario

Fotografías del autor y de Arte en Córdoba
Bibliografía de Maraver Alfaro, Teodomiro Ramírez de Arellano y Wikipedia